martes, 14 de julio de 2009

A tu memoria

He escrito quizá demasiado sobre desencuentros y despedidas; hoy podría escribir —como lo hizo Neruda— los versos más tristes, pero me declaro incapaz de hacer eso y tantas otras cosas. Hacer feliz a una persona que —erróneamente— decidió creer en mí, no es una de mis cualidades. Lamento haberle hecho perder el tiempo y lamento tener que lastimarla. No es sencillo para mí alejarme de todos esos sucesos gratos y terminar para siempre algo que disfruté demasiado. Lo sufrí también, no podré negarlo, pero eso ya lo he olvidado. Sólo recuerdo momentos donde la carne se hizo una o donde las risas eran espontáneas y era posible creer que el amor sí puede ser exagerado.

Publicaré continuación un poema que no teme parecer insustancial y falto de retórica, ya es bien conocida mi poca habilidad con la poesía. Lo publico con el único afán de recordar a quién compartió conmigo parte de su vida.


Recuerdo tu nombre,
Y me resulta caro,
Como esos poemas rojos
Alma y guerra en mi pecho.

Recuerdo tu nombre
y grito mis llantos
para que escuches
este cariño extraño

olvido tu nombre
y lo suspiro
comienzo a extrañar
y no me conozco

solo conozco tu nombre.

domingo, 7 de junio de 2009

Mutatis mutandis

Era un escritor arrogante, fatuo e inútil como todos los de su clase. Se jactaba de escribir historias magistrales y de ser un genio desdeñado. Muy pocos, o quizá nadie, ha leído una línea completa de Heriberto Paz.

 

Lo cierto es que un solo texto ocupó toda su vida. Lo inició cuando sus estudios universitarios concluían. ¿Era un cuento, una novela, un ensayo? Eso no tiene importancia, más vale que no la tenga. El escrito se hundió junto con un porta­folio en un río silencioso. Heriberto lo arrojó, desde un puente colgante. ¿Qué motivos tuvo? Los suficientes para darse cuenta de su incompetencia literaria. ¿Quién no haría lo mismo al ser tan estúpidamente perfeccionista?

 

La versión primitiva del texto la guardó con la vana ilusión de que un día fuera comparada con su versión ulterior para así demostrarse a sí mismo el poder de su genio creativo. Hizo una primera corrección pero la consideró demasiado insustancial así que dejó transcurrir casi dos meses sin ver una sola línea. Regresó lleno de ideas que incluyó en el nuevo escrito y en cuanto estuvo preparado releyó su creación. No quedó satisfecho. Eliminó palabras, líneas, párrafos enteros, pero siguió sintiéndose irrelevante. Una vez más se preparó y tomó tiempo para discernir con mayor claridad sus decadencias y cualidades. Cada noche, cada amanecer, cada momento bohemio, era pretexto perfecto para estudiar su obra y crear los elementos innovadores que lo habrían de llevar a la cima.

 

Pronto, las modificaciones, pasaron a ser fundamentales en su vida, se convir­tieron en su pasatiempo, en su segundo trabajo, en un deliro extático permanente. Había días en que agregaba un acento o quitaba una coma, pero había otros en que su creatividad léxica afloraba y se permitía cambiar casi todas las palabras por cultismos y tropos exóticos. En ocasiones, sólo se sentaba a ver el humo de un cigarro elevarse y a filosofar sobre la importancia de su literatura.

 

Fueron treinta y un años los necesarios para que el escritor viera colmada su obra. No sé cuantas hojas de papel, lápices, plumas, y lágrimas utilizó, pero al final quedó satisfecho. Se asombró por la elocuencia y sagacidad de cada palabra en la cons­trucción que era nada más suya. Sólo hacía falta una cosa. Comparar el texto definitivo con el primero. ¿Qué maravillas tendría sobre el texto original? ¿Cuánta supremacía habría conseguido con tantos años de esfuerzo? El resultado fue paralizante. Cada coma, cada punto, cada línea, cada palabra, eran exactamente iguales.

domingo, 17 de mayo de 2009

La muerte y los escritores (o Chau número tres)

Es terrible saber que las personas que admiras también son mortales y que su presencia ya no te alcanzará más. Por eso hoy que ha muerto Mario Benedetti hago un triste recuento de todas esas personas que admiro y pienso en lo que decía Sabines: ¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!...

Cortazar murió el mismo año que nací, Borges dejó su ceguera terrena en 1986, Paz empezó a descansar en 1998, Sabines alcanzó a la tía Chofi en 1999, Elizondo partió en 2006 y ahora en 2009 vemos irse a Benedetti (hay muchos otros que no menciono pero que guardo en mi memoria). Y aunque todavía nos queda Fuentes, Gabo, Xirau, Bryce Echenique y muchos otros, pienso en lo doloroso que será verlos partir. ¿Qué será de la literatura latinoamericana sin todos ellos? ¿Qué nos queda de la generación del medio siglo? ¿Qué nos espera sin la generación del boom? Nos quedará el extasiante sabor a literatura hecha en América. Siempre los tendremos en nuestros libreros y en las abundantísimas citas que haremos.

No quiero sonar demasiado romántico o demasiado anclado a la literatura del siglo pasado, pero no veo en estos años sucesores de su talla. Ojalá el tiempo me silencie y ansío que así sea... Por el momento, no resisto esta sensación de vacío que siempre me provoca la muerte.

Adios Mario, quizá no fuiste el mejor poeta latinoamericano, quizá no fuiste el más reconocido, pero sabes bien que fuiste un suspiro en muchos, un consuelo en otros y en una cuantiosa suma fuiste las líneas impulsoras para adentrarse en el universo literario. Gracias por tus versos, por tus letras, por tu voz que supo gritar rebeldía.

domingo, 10 de mayo de 2009

Aviso importante

—Esto es serio. Por favor deja de bobear y escúchame —dijo ella y la sonrisa de Salvador, se desvaneció. Estaba consciente del diálogo venidero. Toda la noche intentó huir de él, pero la insistencia de Esperanza no dejaba resquicios de aire. Ahora ni las más simpáticas anécdotas, ni las canciones más románticas, evitarían la fractura. En el semblante de ambos los tímidos sentires no se desinhiben, el tenso instante parece doblar el tiempo, no así lo siente Salvador. Soñó, luchó, pero su pecado es anticiparse e intentar corregir el rumbo del barco sin timón. Hay pocas cosas capaces de sorprenderlo y ya puede escuchar las justificaciones de Esperanza. Puede anticipar el discurso, con las palabras precisas.


—Sé lo que me dirás. Lo he venido razonando desde hace tiempo. No puedo responderte nada, pero sí pedirte sólo una cosa —balbuceó Salvador. La mirada de ella tampoco exhibía desconcierto. Calló, sus ojos mutaron pasivos y él se enfrentó sin temor:


—No me lo digas hoy. Espera hasta mañana. Quiero llegar a mi casa y tomar el orgullo que escondí el mismo día que te conocí. Hoy no estoy preparado. Quizá jamás lo esté pero hoy, en definitiva, no es el momento.


—Quizá mañana sea demasiado tarde —dijo ella.


—No lo sé, pero hoy diría palabras ingratas.


—Sólo me demuestras tu cobardía.


—Nunca he dicho ser muy valiente —respondió Salvador y bajó la cabeza—. Cuando todavía éramos amigos te confesé mi temor ante las relaciones. Quise que esto fuera diferente, pero no pude… siempre termino en lo mismo… Te fallé…


—No lo hiciste. La culpa es de ambos por suponer que las cosas pueden cambiar.


— ¿Puedes esperar hasta mañana? Quiero ver al sol salir y disculparme por mis errores. Sólo entonces, podré escucharte.


— ¿Para qué postergar el suplicio? Con lo que hoy me dices, ya no podré decir nada mañana. ¿O es que quieres recurrir a una mejor táctica para escapar de nuevo?


—No.


— ¿Entonces? —preguntó ella un poco desesperada.


—Necesito serenarme, para escucharte y que ninguno de los dos salga más herido. Espero poder seguir siendo tu amigo.


— ¿Lo ves?, ya estamos siendo sinceros.


—Por favor, espera a mañana… La relación inició por ti, y también sé que tiene que terminar por tu culpa… No quiero reprochar nada pero todo ha sido a tu modo, espero poder controlar esto por lo menos.


—Es inútil, ya nos hemos dicho lo suficiente.


—¿Nos volveremos a ver algún día? —preguntó Salvador.


—Es mejor que no, por el bien de los dos.


— ¿Y si nos encontramos de nuevo?


—No podré verte a los ojos sin sentir impotencia —respondió Esperanza.


—Yo tampoco —dijo él.


—No hay nada que reprochar. Te agradezco tu tiempo, y tus intentos, pero no son suficientes para mí.


— ¿Hay algo que pueda hacer para remediarlo?


—No… El amor es un líquido que fluye entre dos corazones, entre dos almas. Aquí no sucedió así —dijo ella como para sí misma.


—Lo lamento. Te fallé.


—Yo también, pero no te preocupes, lo intentamos.


—Ya no hay más que decir. Despidámonos antes de lastimarnos más —concluyó Salvador.


—Hasta nunca.


—Adiós.


Un alma rota y un espíritu decaído. Ambos avanzan lerdos, en sentidos contrarios. El final de la calle es oscuro. Ya se iluminará cuando lleguen a él.


El llanto lo embarga, la humedad en las mejillas la invaden. Él teme levantar la mirada, ella dirige su frente al cielo. El orgullo va delante de Esperanza, la incertidumbre frente a Salvador. Uno llora el final de una relación que lo desenterró de la miseria, y la otra sufre un desengaño. El primero maldice la suerte, la última a su antiguo compañero. Los estragos de la relación fueron: un hombre creyéndose un juguete sólo por anticiparse a diálogos inexistentes; una mujer ya sin ilusión de encontrar a un hombre, al cual poderle decir sin ser interrumpida: Te amo.

viernes, 1 de mayo de 2009

Te siento cerca

 

Una noche obscura, Jouiae salió de la ciudad. Con ella, su destino. Veía el pavimento acelerarse y soñaba con la realidad. Ansiaba despertar y vivir en el mundo imaginario de él. Aquél donde con sólo mirar a la luna, sentiría la proximidad y cariño de su compañía, mas no el frío cristal en la mejilla.

sábado, 25 de abril de 2009

Escritores y adivinos

Frecuentemente la literatura supera cualquier límite imaginado e invade la poca soberanía que tiene ya la realidad. Recordaremos el trágico evento sucedido en Madrid, España, el 11 de marzo de 2004, que fue previsto por el célebre escritor portugués José Saramago en su libro Ensayo sobre la lucidez, publicado muy poco tiempo después del atentado en el metro de Madrid. El libro también habla de una manifestación poco usual y bastante acertada de los habitantes de una ciudad sin nombre respecto a su derecho al voto. Quien pueda leer el libro hágalo antes de las próximas elecciones federales y si coincide en algo, intente emular ese comportamiento. Estoy totalmente convencido que no hay mejor manera de hacer uso de esa cosa terrible llamada democracia.


Otro caso que me viene a la memoria es el de Jorge Volpi cuya novela La paz de los sepulcros profetiza de cierta manera el asesinato de Luis Donaldo Colosio aunque al igual que Ensayo sobre la lucidez fue publicado con posteridad al evento. No obstante ambos escritores afirman haber imaginado y escrito esos eventos antes de ocurrir. Para leer al respecto lean el artículo en http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=305746


Queremos ser escritores pero nos convertimos en profetas, afirmó el gran Carlos Fuentes al hablar de su novela La voluntad y la fortuna. En dicha novela Fuentes retrata la violencia en México causada por el narcotráfico y en ella se presenta un personaje decapitado, cuya realidad no está nada lejos de lo que sucede hoy en México.


De momento no recuerdo alguna otra referencia de escritores y adivinos pero estoy seguro que existen demasiados ejemplos por ahí.


En mi caso tengo un cuento que llevo un par de meses construyendo y que casualmente habla de una enfermedad misteriosa. Encuentro algunos símiles entre mi narración y los hechos actuales en la epidemia por la que atraviesan poblaciones mexicanas y del país vecino del norte. Describo una enfermedad que se convertirá en epidemia gracias a un irresponsable que decide propagarla… ¡Error! ya conté el final… Quién desee leerlo notará que el final es un elemento previsto a lo largo de la lectura y que lo esencial del cuento son sus referencias a los mitos prehispánicos y que a diferencia de la influenza porcina la enfermedad que imaginé es más noble. Cuando esté terminado y corregido lo publicaré en este blog no sin una pena profunda pues en verdad jamás hubiera deseado que sucediera algo así. Será un homenaje a los que han caído y a los que quizá perezcamos mientras se termina con la epidemia.


Por fin terminó

El día que terminó la guerra me levanté muy inquieto y hastiado con el sabor del plomo en el corazón. Quise encender el televisor con el desesperanzado anhelo de ver la noticia que nunca se transmitió. No había energía eléctrica. Me enfurecí. Arrojé todos los aparatos por la ventana. Ni siquiera el más pequeño cable quedó en el departamento. Agotado, me dejé caer sobre el raído sillón de la sala. Noté un frío silencio detrás de las ventanas. Casi por instinto, empecé a llorar y caminé fuera del edificio. Sólo me importó salir, ver de frente las grises nubes, ensordecer el silencio, caminar igual que todos.


Sólo un hombre estaba en la otra acera. Nos miramos con la misma pesadumbre y caminamos hacia el mismo rumbo. No tardé mucho en encontrar a más personas que también iban desnudas dirigiéndose a la nada.


Los edificios, el sol, el cielo, la tierra, tenían el mismo rostro apagado desde que empezó todo. Nada cambió. Ni siquiera mis pies secos, ni siquiera las grietas del pavimento. La guerra detuvo el curso de la vida.


Se abolió el pudor. Las calles arrojaban muy lentamente miles y miles de personas en las mismas circunstancias que yo. La ciudad estaba abarrotada, no obstante, en un orden pulcro.


Los más viejos se apoyaban en los robustos, los que aún no caminaban, iban en los brazos de sus incansables madres. Los jóvenes viajaban en parejas o en grupos de amigos. Los pares de ojos, los que eran sólo uno, y los que eran ciegos, estaban dirigidos al mismo punto en el horizonte.


No noté, sino hasta cuando me tomó de la mano, que Jouiae estaba a mi derecha. Con la mirada inexpresiva nos saludamos. No dijimos nada y caminamos juntos. A lo largo del trayecto, admirábamos con nostalgia las construcciones monumentales anteriores a la guerra, pero en seguida, volvíamos el rostro al vacío.


De repente, alguien en voz baja, empezó a cantar el himno nacional. Con euforia, las pupilas hinchadas de nacionalismo y el pecho erguido, lo imitamos todos. Después, el aplastante júbilo cesó. Las bocas se cerraron por siempre. El peregrinaje se extendió hasta el límite absurdo del tiempo. No sé, con certeza, cuántas horas, cuántos días, cuántas noches, ha durado, pero veo lejano su final. Lo que sí sé, es que hace unos días, Jouiae por fin habló, con su voz tan aspirada y tan lánguida, para decir:

—Estoy cansada.


—Yo también —Le dije.


—La guerra terminó.


—No lo sé.


—Es mejor así. La ignorancia es una bendición.


—Quizá…